Esta historia de venturas y desventuras comienza el 20 de Abril de 1965, hacia las 7,30 hrs., cuando yo Sergio Amado, aries de nacimiento e hijo de Miguel y de Consuelo nací casi por casualidad, ya que mi gestación fue una sorpresa, en la ciudad de Valencia, España, 10 años antes de que la sociedad española, gozara por fin de un espectacular y deseado, pero sosegado y bien llevado cambio: la transición de la dictadura a la democracia.
La verdad es que mi llegada a este lugar,—el mundo de los vivos—, se produjo en un momento familiar algo convulso, de “vacas flacas”. A pesar de todo ese dulce niño, abriéndose paso entre las adversidades, fue creciendo, aprendiendo a andar, ha hablar—y con el tiempo ha decir tacos—, y se fue haciendo travieso y juguetón, como cualquier otro niño en el curso de su niñez. Sí, bajo mi aspecto de niño bueno, con carita de “no romper un plato”, confieso que maquinaba y ejecutaba fechorías sin cargar nunca con las culpas, ya que se daba por sentado que nunca había sido culpable de la gamberradilla ese niño candido y dulce que era yo, sino el amiguete de turno. Reconozco que me aprovechaba muy hábilmente de las circunstancias, dicho de otra manera que era un cabroncete.
Conforme iba desarrollándose mi niñez, mis juegos tenían que ver cada vez más con el mundo de la imaginación y la creación. Recuerdo perfectamente que desguazaba sin piedad, muchos de los juguetes que me regalaban mis familiares con motivo de la festividad de los Reyes Magos o cumpleaños; aun hoy, recuerdo en concreto un coche de fricción rojo que desmonté con gran regocijo tornillo a tornillo, apenas dos días después de haberlo recibido como regalo. Con las piezas que obtenía construía algo que no siendo muy diferente, sí que era algo construido con mis propias manos, personalizado y dotado de los elementos que vivían en mi imaginación, siempre que consiguiera llevarlo a la realidad. Todavía recuerdo cuanto disfrutaba y lo importante que era para mí, el reto de intentar superar a aquel juguete, con la reconstrucción del mismo.
A golpe de desguace, mis padres tomaron la sabia decisión de comprarme un meccano, sin prever que aquellos maravillosos tornillos, tuercas y pequeñas herramientas no servirían para montar estructuras propias del meccano, si no que serían de gran ayuda para completar la construccíón de los artilugios y engendros ideados por mí, tanto como las piezas de madera que me fabricaba con el mismo fin, piezas que después de elaborarlas, lijaba y pintaba para que el acabado fuera lo mas perfecto posible. Ya era perfeccionista en aquel tiempo, necesitaba crear, comenzaba a ser un artesano en potencia.
También me gustaba dibujar y pintar esos dibujos, lo cual resulta muy habitual en un niño, lo que no resulta tan habitual es que pretendía vender mis pequeñas creaciones. Pues sí, ni corto ni perezoso las firmaba y les ponía precio. Y lo sorprendente es que vendí algunos… claro a mis tios, a mis padres… en fin, ahí estaba yo, que me sentía el Sorolla de Monteolivete, el barrio de Valencia en el que vivía con mi familia. Evidentemente intentaba emular a mi padre, que dedicaba mucho tiempo a la pintura impresionista e hiperrealista y vendía de vez en cuando alguna de sus obras. Incluso llegué a atreverme con los cuadros sobre tablas de madera, tipo lanzamiento de huevo y pintura. Creo sinceramente que estos años de mi niñez representaron una de las etapas más felices de mi vida.
Mis padres me aportaron la educación lo mejor que supieron y pudieron. Continué creciendo y en el colegio, en la EGB, siempre obtenía buenas notas sin necesidad de estudiar prácticamente, pero mi asignatura estrella, al menos con la que mas disfrutaba además de dárseme muy bien, era la pretecnología, la relacionada con los trabajos manuales. Conseguí culminar con vitola de niño listo mis estudios básicos, aunque no los de preparación para la Universidad, ni evidentemente ninguna de las carreras universitarias como mis progenitores hubieran deseado, lo cual fue una decepción para mi padre. Eso sí, por voluntad propia, por motivos que conocerás más tarde.
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